La luz del recuerdo

Actualizado: 17 de ago de 2020

En el calor del hogar nos reunimos para honrar la memoria de nuestros antepasados y antepasadas.


Como todos los años por estas fechas, al llegar los primeros fríos del invierno, en casi todas las culturas se da especial importancia a la celebración de homenajes a los difuntos. Desde copiosas comidas en su honor, ritos con velas que iluminan las noches de los cementerios, misas multitudinarias, hasta fiestas con calabazas, murciélagos, disfraces "sexy" de todo tipo y mucho alcohol... la Noche de Difuntos, Halloween, el Día de Todos los Santos, Samhain... Todas estas celebraciones nos muestran un mensaje más profundo, la comunión entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, y la celebración eterna de la Vida que continúa.


“En toda Europa, la noche de la víspera de Todos los Santos, que señala la transición del otoño al invierno, ha sido desde antiguo el momento del año en el que se supone que las almas de los difuntos volvían a sus antiguos hogares para calentarse en el fuego y confortarse con la buena acogida que se les hacia en la cocina o en la sala por sus parientes cariñosos. Era quizás un pensamiento natural que, al aproximarse el invierno, los espíritus ateridos y hambrientos abandonaran los campos desnudos y las deshojadas arboledas buscando el abrigo de la cabaña con su hogar familiar.”

Siguiendo estas antiguas costumbres, los miembros de nuestro pequeño coven decidieron reunirse en una casita rural de un pueblo de Segovia; un lugar tranquilo y alejado del bullicio de la ciudad donde poder disfrutar de un par de días de convivencia y celebración. Me sorprendió bastante lo inhóspito de estas tierras, todo rocas, cortados y grandes llanuras desoladas donde solo el viento helado y los gatos se atrevían a caminar.



Entre esos cortados descubrimos los tesoros de las hoces del río Duratón, un paraíso de color en un paisaje gris. Resultó reconfortante poder disfrutar de algo de calidez (aunque solo fuera por los colores), ya que parecía que tanto el paisaje como el tiempo acompañaban a la tristeza que se asocia con estas fechas. Recorrimos las hoces hasta llegar a las ruinas de la antigua Ermita de San Frutos, que se alzan sobre un promontorio de roca desafiando al tiempo y a la erosión que el río ha provocado en la geografía del terreno.


Allí aún pueden escucharse los ecos de los antiguos salmos y cantos de los eremitas y de las distintas comunidades religiosas que lo habitaron. Siempre me fascina pensar cómo aquellos hombres y mujeres se enfrentaban a una vida tan dura, privados de comodidades, afrontando las Noches Oscuras del Alma en silencio y oración... parte de la sacralidad que poseían sigue adherida a los muros...




Pero las inclemencias del tiempo nos llevaron rápidamente de vuelta a nuestro pequeño hogar durante esos días, para celebrar allí nuestra pequeña ceremonia a los difuntos. Aunque en otras ocasiones hemos seguido rituales de carácter más brujeril, con un marcado toque Wicca o de Brujería Tradicional; esta vez decidí (como conductor de la ceremonia) decantarme por un ritual menos estructurado y sin la estética tan marcada de las corrientes anteriores. Fue una ceremonia muy sencilla alrededor de un pequeño altar de homenaje en la que cada uno de nosotros nombró a aquellas personas que habían fallecido en su círculo cercano.



Flores, frutas, dulces, una copa de vino, otra de agua, velas... Pequeños objetos que despiertan el recuerdo y fotos de los que ya no están con nosotros... Usamos pequeños papeles con los nombres escritos para que estuvieran presentes. Cada uno de nosotros iba nombrando a sus difuntos, contando historias y recuerdos, sanando enfados y rencores pasados...dejando que el amor creara un vínculo entre los vivos y los muertos. Al nombrar a cada uno encendíamos una vela, como símbolo de reconocimiento y para iluminar su memoria; de este modo el círculo seguía creciendo y creciendo...



En nuestro pequeño altar tenemos cuatro velas cardinales que simbolizan los elementos de la Vida (tierra, aire, fuego y agua) y una vela central que sirve como canal de luz para las almas, para guiar a nuestros seres queridos hasta nuestro círculo y para ayudar a todos aquellos que se han perdido en el camino. Cada uno de los miembros del coven tiene sus propias creencias o convicciones en cuanto a la muerte y lo que hay más allá, pero en esta ceremonia lo único que importa es el amor hacia nuestros seres queridos fallecidos y el honrar su memoria, con gozo y alegría, sin penas ni llantos.


"Aqui estamos sosteniendo el hilo, seguid el camino y no miréis atrás...Una telaraña llena de recuerdos junto a nuestros muertos vamos a tejer"


Canciones, risas, recuerdos.... Esa noche celebramos a los que ya no están y disfrutamos todos juntos de la deliciosa comida y bebida que habíamos preparado. Hubo quienes se arrancaron a cantar y tocar instrumentos para que desde el Otro Lado sintieran nuestro afecto. También elevamos una plegaria por aquellos que no tienen quien les recuerde y encendimos unas velas por su memoria para que puedan encontrar el lugar al que deben ir.


Y tras estos días de celebración tocó volver a casa, al bullicio de Madrid, a las rutinas del día a día. Pero creo que todos nos trajimos algo especial de este retiro, un cálido sentimiento de amor y recuerdo hacia aquellos que no están; no la pena de la pérdida, sino la alegría de haber podido sentir su cálida presencia a nuestro alrededor en el círculo esa noche. En nuestro hogares cada uno podemos honrar su memoria de la forma que creamos más adecuada: montando un pequeño altar, con velas, con flores, con fotografías... Lo importante es RECORDAR y abrir un espacio para que ese recuerdo se llene de amor y calidez, sanando el pasado y dándonos fuerza desde nuestras raíces.





"There is no end to the circle, no end...There is no end to life, there is no end..."


86 vistas0 comentarios