El despertar de la Serpiente

Actualizado: feb 4

Poco a poco la tierra comienza a desperezarse de este atípico invierno. La capa de nieve que nos sepultó durante más de una semana nos mostró la otra cara de la naturaleza, porque aquí en la ciudad no estamos acostumbrados a contemplar ese rostro salvaje. Para muchos de nosotros, encerrados en un contexto urbano, la naturaleza se reduce a momentos y espacios muy definidos: parques urbanos, alcorques en las aceras de nuestro camino diario al trabajo, palomas y cotorras que sobrevuelan nuestro edifico, alguna flor en el alféizar de un vecino… Los ciclos de las estaciones son algo bastante ajeno salvo por pequeños cambios que pasan casi inadvertidos. Pero con la llegada del temporal todo nuestro entorno sufrió una poderosa transformación.



El mundo al que estamos acostumbrados se convirtió en algo totalmente ajeno a nosotros, se desdibujaron formas y contornos, ruidos y colores y de la mano de la naturaleza, viajamos hasta el Otro Mundo. Era increíble pasear por los parques que nos son tan familiares sin casi reconocer el lugar, o ver nuestros barrios sin aceras, con los coches totalmente cubiertos por la nieve. La realidad cotidiana y sus límites desaparecieron, podíamos pasear por las calzadas ya que ningún vehículo podía circular, las normas que rigen nuestra realidad desaparecieron. La ciudad entera se paralizó o mejor dicho, se detuvo el ritmo frenético al que nos tiene acostumbrados y algo muy poderoso surgió de esa ausencia de ruido: el silencio.



Durante el día, si salías a la calle podías ver que estaban llenas de gente de todas las edades disfrutando del cambio que se había producido en su mundo cotidiano. Las risas, los juegos, las peleas de bolas de nieve, la construcción de muñecos (algunos de hasta dos metros de altura) llenaban cada rincón. Si mirabas por la ventana veías una multitud saliendo de sus rutinas diarias para zambullirse de lleno en una especie de viaje al Otro Mundo, porque está en la propia naturaleza humana el buscar estos momentos de contacto fuera de nuestra realidad, estos momentos que nos acercan a un concepto de naturaleza omnipresente y sagrada.


Siguiendo el ciclo de la propia naturaleza los fríos días dieron paso a otra transformación y la nieve abandonó nuestras ciudades para devolvernos de nuevo al mundo que conocemos. Fue muy extraño regresar de ese viaje, como si todo lo que vivimos esos días estuviera envuelto en una bruma de irrealidad, como si durante ese tiempo que pasamos “entre los mundos” todo hubiera sido posible. En cierta manera después de esos días me invadió una sensación muy extraña, algo que solo siento al terminar un ritual y volver a mi estado de conciencia ordinario.



El giro de la Rueda no se detiene ante nada y los días siguieron creciendo en luminosidad, tras la nieve llegó el impulso de una incipiente primavera y como si pudiera sentir la llamada del Sol, la Serpiente de la Tierra comenzó a desperezarse. Podía sentirse de manera muy sutil un cambio en el aire, en su olor, en su calor…Podía sentirse en el canto de los mirlos que empezaron a llevar a cabo sus cortejos y sus rituales de apareamiento. El mundo entero parecía estar despertando.


Habitualmente en esta época suelo celebrar el Sabbath de Imbolc, una celebración dedicada a festejar el primer impulso de la primavera y el final del invierno. Cada tradición le da sus propios matices y establece cuales son las señales para reconocer su llegada (a parte de la fecha marcada en el calendario), pero para mí siempre lo anuncian los almendros en flor. El momento en el que veo la primera flor de almendro, ese destello blanco-rosado entre las ramas secas, siento que algo se agita en mi interior y parte del peso y la tensión que he cargado durante el invierno se relajan.


Este año me parecía muy apropiado y necesario llevar a cabo este ritual. Preparé el círculo de la forma habitual (una mezcla de diferentes técnicas que he aprendido en mis años de estudio de distintas corrientes de Wicca y Brujería Tradicional), y me sumergí en el ritual. Las velas en el altar, el humo del incienso, el olor de las ofrendas que siempre hago en esta fecha: leche, manzanas rojas, mantequilla, pan de semillas, las cruces tejidas con juncos… Todos estos estímulos sensoriales conectaron muy profundo en mi psique y la realidad que hay más allá del círculo que había trazado se hizo presente. Quienes han viajado entre los mundos sabrán a qué me refiero cuando digo que lo que sucede en el Otro Mundo escapa a las palabras que podrían ponerlo por escrito.



Una canción que escuché hace mucho tiempo en un ritual de Imbolc parecía resonar continuamente en mi cabeza, trayendo consigo los recuerdos de las montañas de Gredos nevadas, los almendros en flor, el calor de la hoguera en comunidad y la llamada de los tambores…



Cisne blanco, Serpiente de amor

¡Brígida!

Dame fuerza y valor para poder sanar

Poesía y Musa de creatividad

Planta en mí la semilla

Que me haga avanzar

Te invocamos para sanar

Te invocamos para despertar


©Felicidad Santamaria



Para dar por terminado el ritual solo quedaba “barrer” simbólicamente el invierno, girando en el círculo en sentido antihorario con la escoba en la mano mientras recitaba: “Así expulsamos al invierno, así damos la bienvenida a la primavera…”. Estas palabras fueron el cierre para un viaje que comenzó cuando los primeros copos de nieve cayeron sobre la ciudad. Han sido dos meses de una gran intensidad emocional y la celebración de este ritual de Imbolc fue un marcador para dar por finalizada esta etapa.


Ahora, mientras las lluvias caen y humedecen la tierra, las semillas despiertan en la oscuridad del suelo que las envuelve para comenzar su ascenso hacia la Luz. Muy por debajo de ellas, la Serpiente Escarlata se agita y con su movimiento en espiral la vida despierta y el Fuego arde de nuevo.