El Camino de la Noche

Actualizado: feb 3

Como las brujas de antaño decidimos reunirnos en los caminos….en la noche… Parte del trabajo de un coven consiste en celebrar rituales de forma periódica de acuerdo al ritmo de las estaciones. Estos rituales reciben el nombre de sabbats y su contenido está definido por la tradición a la que nosotros pertenecemos. Sin embargo a veces nace el deseo de salirnos de la norma establecida, de las palabras memorizadas y de las formas conocidas…a veces surge el deseo de perdernos en la noche…



Las formas más ancestrales de magia no están definidas ni estructuradas, nacen del deseo puro, de la emoción viva que surge de “nuestras tripas”, del contacto salvaje con las fuerzas de la naturaleza sin domesticar. Esta forma de brujería se ha perdido en gran medida hoy en día. La mayoría de nosotros vivimos encerrados en grandes ciudades donde no podemos ser partícipes de los cambios naturales de forma directa. La naturaleza a nuestro alrededor se encuentra encadenada, atada a los ritmos del asfalto y el hormigón, sepultada bajo cables y luces artificiales que no nos permiten ver las estrellas.



Es por todo esto, por dar respuesta a ese deseo que nos enfundamos en nuestros abrigos, nos calzamos nuestras botas de montaña y cargados con athames y túnicas, nos adentramos en la noche. Elegimos para nuestra celebración los campos solitarios de un pequeño pueblo de Toledo, donde podíamos celebrar sin ser interrumpidos. La noche no acompañaba pues llovía a mares y hacia un fuerte viento que amenazaba con apagar las velas. Pero nada de esto nos detuvo y llevamos a cabo los ritos como antaño.


Guarecidos de la lluvia bajo un puente encendimos nuestra hoguera y trazamos el círculo, de mano a mano, de corazón a corazón tejimos nuestro templo. El altar lo montamos sobre una caja en la que habíamos traído la leña, simple y sencillo… Las velas se apagaban bajo el soplido del viento ya que nuestro parapeto de paraguas no era suficiente para detenerlo. Todo esto daba igual, nada importaba más allá de nuestra compañía y la energía que se alzaba a nuestro alrededor.



Fue un bálsamo sanador poder disfrutar de cosas tan sencillas como el calor de una hoguera, el olor a tierra húmeda y hojas podridas e incluso, la lluvia que nos mojaba a veces… Nada de eso nos detuvo y llamamos a los elementos para bendecir nuestro círculo: tierra, aire, fuego y agua…Nuestras llamadas se perdían en la oscuridad de la noche pero su esencia estaba muy viva a nuestro alrededor, no eran simplemente una realidad teórica. Todo parecía más vivo a medida que el ritual avanzaba y al mismo tiempo perdíamos la conciencia de lo que había fuera del círculo.


Dejamos que nuestro espíritu volara libre a través de nuestras voces y del sonido del tambor…Cantamos y bailamos sin seguir ningún ritmo concreto, ninguna danza aprendida, simplemente nuestra alegría y gozo de estar juntos alrededor del fuego en contacto con los Antiguos Dioses. La Dama de las Encrucijadas y el Señor de la Caza Salvaje recibieron sus ofrendas y agradecimos a la tierra y a nuestros antepasados su sostén y sabiduría. Bailamos y reímos durante lo que parecieron horas, ya que el tiempo se detiene cuando estás entre los mundos.


Al final, nuestra hoguera se hizo cada vez más pequeña y cuando el brillo de las estrellas fue nuestra única guía, abrimos el círculo, recogimos nuestros bártulos y volvimos a la “civilización”.


Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de un ritual así, de una noche en la que realmente estuvimos fuera del tiempo y del espacio, en la oscuridad y bajo la lluvia… Sentí que una voz antigua y muy viva resonaba en mi interior despertada de su letargo por cosas tan sencillas como una hoguera, unas velas, unos cantos y el calor humano…

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